La subjetividad asediada

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Por Enrique Carpintero

Medicar es un acto médico donde el fármaco se transforma en un instrumento del equipo interdisciplinario para trabajar con el padecimiento subjetivo. En cambio la medicalización alude a los factores políticos, sociales y económicos que intervienen en la producción, distribución y venta de las grandes industrias de tecnología médica y farmacológica. Este es un término que se viene usando desde hace muchos años para demostrar los efectos en la medicina de la mundialización capitalista donde lo único que importa es la ganancia. Como sostiene Enrique Carpintero “Esto ha llevado a una medicalización del campo de la Salud Mental donde el predominio de un neopositivismo médico pretende entender el padecimiento psíquico exclusivamente como un problema neuronal. Su resultado ha sido el avance de una contrarreforma psiquiátrica que lo único que le interesa es recetar psicofármacos”.
Esta situación tiene características mundiales según lo plantea Patrick Coupechoux en  “La psiquiatría en Francia: negación de la locura y domesticación del sujeto”.  Por ello Allen Frances, uno de los autores del DSM-IV, nos alerta a prepararnos ya que “lo peor esta por venir: el DSM-V, una pandemia de trastornos mentales”. En este sentido Juan Pundik al analizar el  Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, DSM afirma que “La medicalización de la vida es un problema político de primer orden que requiere una respuesta política. Por eso esta lucha es política, y por eso la salida es política: fortalecer un movimiento ciudadano que pretende conseguir que los profesionales y la población se conciencien contra la validez del DSM y los intentos de someternos a la pretensión de medicalizar nuestra vida y la de nuestra infancia”.

El costo de integrarnos. Los procesos actuales de subjetivación

Los paradigmas de nuestra época devienen en nuevas perspectivas científicas, técnicas y culturales. Esto plantea teorías e investigaciones ligadas al género y la sexualidad, la importancia de la imagen en los medios de comunicación y el nuevo espacio virtual, el cual permite interacciones y encuentros que quiebran las distancia exteriores.

De esta manera se generan nuevas formas de subjetivación donde aparece la coerción que la cultura nos impone en relación con uno mismo y con los otros en términos de autoimagen, autorepresentación y percepción de sí mismo.

En todas las épocas la cultura hegemónica determina las características del espacio-soporte donde los sujetos procesan la singularidad de su subjetividad al dar cuenta de su condición pulsional. Por ello queremos desarrollar las particularidades de la cultura del capitalismo mundializado que promueve una forma de subjetivación donde se afirma un cuerpo reducido a sus goces primarios. Es decir, el sujeto encerrado en su narcisismo consume mercancías para llenar un vacío que es consecuencia de la propia cultura. Su resultado es que el consumo como centro de la subjetivación y de la identificación de la singularidad conlleva a la impotencia de las pasiones tristes.

Veamos algunas cuestiones referidas a esta problemática.[1]

La singularidad

Según Spinoza el ser humano es un modo de la Sustancia que llama Dios o Naturaleza. La Sustancia es lo que es en sí, lo que no necesita de otra cosa para ser. Es una causa sui, eterna e infinita. La Sustancia tiene infinitos atributos que, a su vez, son infinitos. Nuestro entendimiento que es finito sólo capta dos atributos: el modo pensamiento y el modo extensión. No podemos concebir singularidades que no sean extensión (cuerpo) y pensamiento (mens). El ser humano en tanto que pensamiento es un conjunto de ideas que expresan estados del cuerpo. El cuerpo es nuestro modo de ser en tanto extensión donde sus estados son el objeto de expresión de las ideas. Somos composiciones de estados del cuerpo y de asociaciones de ideas ya que somos composiciones de otras singularidades pues los “cuerpos afectan y son afectados” en el colectivo social. Por ello hablamos de individuación como la composición singular que se manifiesta en el conatus (deseo-necesidad). Las composiciones se expresan como grados de potencia ya que como sostiene Spinoza: “Cada cosa se esfuerza, en cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser” y agrega: “El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no es nada distinto de la esencia actual de la cosa misma.” Esta esencia consiste en el conatus que se expresa de manera singular.

En el sujeto la potencia es la de obrar y de pensar. En este sentido los estados del cuerpo (extensión) y de las ideas (mens) son afecciones efecto del obrar de otros cuerpos (causa externa) o efecto de la acción del propio cuerpo (causa interna). Los estados del cuerpo se van sucediendo según las afecciones donde se produce un aumento o disminución de la potencia. Por ello vamos a encontrar básicamente tres afectos: el deseo que es expresión del conatus, la alegría que es un aumento de la potencia y la tristeza que es una disminución de la potencia.

El conatus lo lleva a perseverar en su ser y a transformarse continuamente. De allí que los seres humanos son considerados singularidades en constante movimiento. Por eso el conatus es una potencia de ser productiva. Pero el ejercicio efectivo de la potencia y de la impotencia se realiza por medio de la apropiación de los modos de existencia ya que el sí mismo está determinado por la singularidad de los procesos de subjetivación en el interior de una cultura.

La corposubjetividad

En el pensamiento occidental patriarcal aparece el dualismo jerarquizado mente-cuerpo. Así como la oposición binaria individuo-sociedad. De allí que la subjetividad puede ser entendida perteneciendo al campo de la conciencia como pretende la filosofía tradicional o como equivalente a fantasías inconscientes en una relación de extraterritorialidad con las contingentes formaciones históricos-sociales como la interpretan algunas perspectivas psicoanalíticas.

Para salir de esta dicotomía nos apropiamos de la ontología spinoziana y del modelo pulsional freudiano para entender la subjetividad desde una conceptualización que plantea una ruptura con la idea de algo interior opuesto a un mundo de pura exterioridad.

Como proponemos en otros artículos, el psicoanálisis establece que un sujeto da cuenta de un aparato psíquico sobredeterminado por el deseo inconsciente. Pero este aparato psíquico se construye en la relación con un otro humano en el interior de una cultura. Es decir, hablar de subjetividad implica describir una estructura subjetiva como una organización del cuerpo pulsional que se encuentra con una determinada cultura.

En este sentido, definimos el cuerpo como el espacio que constituye la subjetividad del sujeto. En esta corposubjetividad el cuerpo se dejará aprehender al transformar el espacio real en una extensión del espacio psíquico. El carácter extenso del aparato psíquico es fundamental para Freud, ya que éste es el origen de la forma a priori del espacio.

De esta manera entendemos que el cuerpo como metáfora de la subjetividad lo constituye un entramado de tres aparatos: el aparato psíquico, con las leyes del proceso primario y secundario; el aparato orgánico, con las leyes de la físico-química y la anátomo-fisiología; el aparato cultural, con las leyes económicas, políticas y sociales.

Entre el aparato psíquico y el aparato orgánico hay una relación de contigüidad; en cambio, entre éstos y el aparato cultural va a existir una relación de inclusión. En este sentido el organismo no sostiene a lo psíquico ni la cultura está sólo por fuera: el cuerpo se forma a partir del entramado de estos tres aparatos donde la subjetividad se constituye en la intersubjetividad. Por ello la cultura está en el sujeto y éste, a su vez, está en la cultura.

Por ello toda producción de subjetividad es corporal en el interior de una determinada organización histórico-social. Es decir, toda subjetividad da cuenta de la historia de un sujeto en el interior de un sistema de relaciones de producción. Pero lo social como marca en nuestros cuerpos no lo debemos entender como una imposición, sino como el resultado de un conflicto que comienza desde la niñez. Este conflicto tiene los avatares de la castración edípica, que desempeña un papel fundamental en la estructuración de la personalidad y en la orientación del deseo humano.

Por ello todo síntoma debe ser entendido desde la singularidad de aquel que lo padece. Pero también en todo síntoma vamos a encontrar una manifestación de la cultura. Si el paradigma de la sociedad victoriana era la sintomatología histérica, en la actualidad el paradigma es el paciente límite. Este es producto de lo que denominamos un exceso de realidad basado en la fragmentación de las relaciones sociales que nos lleva a encontrarnos con el desamparo primario, cuyas consecuencias son la sensación de fracaso, la despersonalización, la locura y la muerte.

Los factores estructurantes del proceso primario

El ser humano nace en unas condiciones de inadaptación entre su organismo y el medio, que generan una absoluta dependencia del niño con sus padres. Las consecuencias de este hecho marcan una estrecha relación entre el nacimiento y la muerte. De esta manera en este período hay una relación fusional entre el niño y la madre. El poder soportar la angustia de muerte que padece el niño va a permitir que la madre genere su capacidad de amor. Es decir, la madre va a poder dar el amor que requiere el niño para su desarrollo en la medida que pueda soportar la angustia de muerte que éste padece, y que se manifiesta en una permanente demanda de atención. El amor es consecuencia de poder soportar la emergencia de lo pulsional que trae el niño, caso contrario aparecerá un agujero en lo simbólico con ulteriores consecuencias psíquicas. Como dice Freud: “El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor. Nace de la repulsa primitiva del mundo exterior emisor por parte del yo narcisista”.

De esta manera la madre crea un espacio imaginario atendiendo a las necesidades del bebé para posibilitar el necesario proceso de catectización libidinal; sus pulsiones serán habilitadas para potenciar su singularidad o, caso contrario, encontrará una falla en ese espacio que al no poder procesar lo sumirá en el desvalimiento. Este deseo materno, compuesto de sentimientos amorosos y palabras, genera un espacio fusional que en la función paterna encuentra un limite -ya que no hay espacio sin un límite- en el que se va construyendo el drama edípico donde la interdicción paterna opera con una doble castración que permitirá que ambos, a costa del objeto perdido, se encuentren con su deseo.[2]

En este sentido Freud sostenía que la vida se da entre dos muertes. Esta primera muerte constituye los factores estructurantes del proceso primario que son producto del estado de desvalimiento originario que vive el niño al nacer ya que su cuerpo lo siente fragmentado y vacío. Por ello necesita de un Primer otro que conforma lo que llamamos un espacio-soporte afectivo, libidinal, imaginario y simbólico el cual produce una encarnadura en el cuerpo que le permita soportar sus fantasías de muerte y destrucción y encontrarse con sus pulsiones de vida, Eros. Su Yo primitivo se sostiene en un narcisismo primario cuyo prototipo es el seno materno.[3] En esta etapa el principio de displacer-placer establece que todo lo que atente contra la satisfacción pulsional del Yo de placer absoluto es malo. Todo lo frustrante, todo lo generador de dolor y angustia es ajeno al Yo y se proyecta al mundo exterior. El placer absoluto es la sede de la bondad, mientras lo malo es ajeno. De esta manera se constituye un odio primario, una negatividad radical hacia lo ajeno al Yo de placer absoluto que son el motor de la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada propia de esa primera muerte que denominamos la-muerte-como-pulsión cuyos efectos encontramos a lo largo de la vida.[4]

La-muerte-como-pulsión es una fuerza primaria destructiva que amenaza la integridad del aparato psíquico y su vínculo libidinal con los objetos. Esta fuerza primaria destructiva tiene su base en los factores estructurantes del proceso primario. En ellos aparece lo que queda fuera de la significación e insiste desde lo siniestro a través de la repetición.

Debemos detenernos en lo que venimos diciendo. Lo podemos plantear de esta manera. Nacemos con una “cajita infeliz” que se caracteriza por el estado de desvalimiento originario conjuntamente con el deseo y la necesidad de autopreservación; ambos conforman una marca indeleble que llamamos imago corporal arcaica que es reprimida primero por la pulsión escópica y luego por la castración edípica. Pero, mientras la “cajita infeliz” esta dada de entrada y permanece produciendo efectos, para que se desarrolle el deseo y la necesidad de autopreservación necesitamos de un otro significativo, de un Primer otro que genere un espacio que permita soportar el desvalimiento que nos hace humanos.

Las características de su desarrollo van a depender de su historia individual, familiar y social. En ellas vamos a encontrar:

1º) El tiempo arcaico del narcisismo primario que aparece antes de la diferenciación interior y exterior. Las pulsiones funcionan de modo autoerótico y se encuentran fragmentadas ya que aún no hay unidad del Yo.

2º) Este Yo primitivo, que Freud denomina de “placer purificado”, donde a partir de las más antiguas  mociones pulsionales orales el límite interior y exterior aparece a partir del principio de displacer-placer: lo que el niño acepta lo quiere comer, introducirlo; lo que rechaza lo quiere excluir, escupirlo.

3º) Es el tiempo de la “angustia automática” donde el niño ante la sensación del desvalimiento originario responde rechazando todo lo que considera displacentero a su narcisismo con el odio primario.

Cuando Freud dice que la vida está entre dos muertes está señalando un origen trágico y un destino trágico del sujeto humano. Desde este origen trágico el niño necesita un Primer otro que le de vida. No sólo desde el punto de vista biológico sino constituyendo ese espacio-soporte afectivo, libidinal, imaginario y simbólico. Este espacio permite que nuestra singularidad encuentre las particularidades de nuestro ser en el proceso de individuación que las identificaciones van a posibilitar. Somos singulares en potencia ya que necesitamos de un Primer otro para que nos encontremos con otros otros. En esta imago corporal arcaica vamos a encontrar los factores estructurantes del proceso primario así como la marca que dejó ese encuentro con el Primer otro.

Esta perspectiva nos lleva a que la actualidad de nuestra cultura genera nuevas formas de procesar la pulsión de muerte que no ha sido analizada en la época de Freud. Es decir, nuevas formas de subjetivación cuya consecuencia son los procesos de desligazón de la pulsión de muerte que llevan a la violencia destructiva y autodestructiva y en (en vez de “en” pondría “a”) la dificultad de simbolizar el desvalimiento originario propio de la muerte-como pulsión que construye un sujeto en la vivencia del desamparo.

La cultura como espacio-soporte

Para tratar de entender las modificaciones producidas en la cultura contemporánea y lo que esto influye en la subjetividad, voy a desarrollar algunas conclusiones sustentadas por Freud en El malestar de la cultura (1930).[5]

En la definición que Freud da de cultura puede leerse cómo ésta determina la subjetividad del sujeto: “… la palabra ‘cultura’ designa toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres…”. Y continúa: “… El comienzo es fácil: Reconocemos como ‘culturales’ todas las actividades y valores que son útiles para el ser humano en tanto ponen la tierra a su servicio, lo protegen contra la violencia de las fuerzas naturales, etc.”.

Para Freud el término cultura remite al momento en que el ser humano se organiza en “comunidad”, poniendo a la naturaleza al servicio de la satisfacción de sus necesidades y sometiéndolas a sus demandas.

De esta manera, la producción cultural sería una prolongación de la constitución corporal del sujeto humano, así como ésta lleva las marcas del desarrollo alcanzado por la propia cultura.

Es que en el individuo -como decíamos anteriormente- se hallan un aparato psíquico y un aparato orgánico que funcionan con sus propias leyes y que se constituyen en un cuerpo como metáfora de la subjetividad, al que sólo se lo puede entender dando cuenta de su propia historia. Es aquí que aparece la capacidad simbólica de esta corposubjetividad, en la cual, dentro del campo de las relaciones culturales, el sujeto va a inscribir el sentido de sus actos, recorriendo un camino determinado por el interjuego de las pulsiones de vida y de muerte.

Desde esta perspectiva la cultura consistió en un proceso al servicio del Eros que a lo largo de la historia fue uniendo a la humanidad toda. A este desarrollo se opuso -y se opone- como malestar, la pulsión de muerte que actúa en cada sujeto. Es por ello que la cultura crea un espacio-soporte donde se desarrollan los intercambios libidinales. Este espacio ofrece la posibilidad de que los sujetos se encuentren en comunidades de intereses, en las cuales establecen lazos afectivos, imaginarios y simbólicos que permiten dar cuenta de los conflictos que se producen. Es así como este espacio se convierte en soporte de los efectos de la pulsión de muerte. En este sentido sostenemos que el poder es consecuencia de este malestar en la cultura: las clases hegemónicas que ejercen el poder encuentran su fuente en la fuerza de la pulsión de muerte que, como violencia destructiva y autodestructiva, permite dominar al colectivo social.[6] Ésta queda en el tejido social produciendo efectos que impiden generar una esperanza ya que llevan al sujeto a la vivencia de desamparo. Por ello es importante distinguir un poder que represente los intereses de una minoría de otro en manos de la mayoría de la población que permitirá desplazar los efectos de la pulsión de muerte. Esta situación es producto de condiciones económicas, políticas y sociales ya que uno de los rasgos importantes de la cultura es que regla los vínculos recíprocos entre los seres humanos. De no existir, tales vínculos quedarán sometidos a la arbitrariedad del individuo: el de mayor fuerza impondrá sus intereses y sus deseos. Es así como la cultura favorece la “fuerza de la razón” por encima de la “razón de la fuerza”.

De esta manera, la convivencia humana es posible cuando los individuos se constituyen en comunidad, la que contrapone el “derecho” al poder de la “violencia bruta”.

De esta manera “… Esta sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso cultural decisivo. Su esencia consiste en que los miembros de la comunidad se limitan en sus posibilidades de satisfacción, en tanto que el individuo no conocía tal limitación”.

Pero aquí comienza una nueva contradicción entre la felicidad del sujeto en el colectivo social y las necesidades de una cultura que puede facilitarla o limitarla.

Ya en los primeros capítulos Freud señala los límites para alcanzar plenamente la felicidad del individuo dentro de la cultura, sustentando una de sus tesis fundamentales: el antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones que impone la cultura. ¿En qué se manifiestan los límites para alcanzar la felicidad? Freud señala que desde tres lados amenaza el sufrimiento:

1º -El cuerpo propio, cuyo organismo está destinado a morir, a volver a lo inorgánico; el sujeto humano no puede prescindir del dolor y de la enfermedad, que llevan a la angustia como señal de alarma.

2º -El mundo exterior, que puede destruir al sujeto.

3º -La relación de éste con los otros seres humanos en la familia, el estado y la sociedad.

De estos tres lados en que amenaza el sufrimiento, el último de ellos es inadmisible, ya que -cuestiona Freud- no es dable entender la razón por la cual las normas que nosotros hemos creado no pueden protegernos y beneficiarnos a todos.

En cambio, en relación a las dos primeras fuentes del sufrimiento, las considera inevitables. Puesto que nunca dominaremos completamente a la naturaleza, nuestro organismo, que forma parte de ella, será siempre perecedero, pues somos seres entrópicos. Es así como la cultura aparece atravesada por un malestar que es propio de la constitución del sujeto humano: la pulsión de muerte.

Los procesos de subjetivación en la actualidad de la cultura

 

Siempre hubo nacimiento y estructura social. Lo que esta cambiando son las configuraciones específicas de las organizaciones sociales que sostienen este proceso que lleva a modificaciones en la forma que se procesa la pulsión de muerte. En especial aquélla que deviene de los factores estructurantes del proceso primario.

La consecuencia de la actualidad de la cultura mundializada es que el sujeto queda atrapado en el desvalimiento originario propio de la muerte-como-pulsión.

Como venimos afirmando la subjetividad se construye en la relación con un otro en el interior de una cultura. Esta cultura depende en cada etapa histórica de los sectores sociales hegemónicos que establecen una organización económica, política y social cuyo objetivo es reproducir las condiciones de dominación. De esta manera ejerce una “dominación simbólica” (Pierre Bordieu) para reproducir el orden social hegemónico en el reconocimiento y desconocimiento de la arbitrariedad que lo funda.

Esta “dominación simbólica” se basa en una cultura donde la crisis del tejido social y ecológico produce un imaginario social donde el futuro es vivido como una catástrofe, el pasado no existe y solo queda la perpetua inestabilidad del presente. De esta manera el desvalimiento estructural se encuentra con el imaginario de una cultura donde los desarrollos científicos y técnicos llevan al sujeto a la incertidumbre, la angustia y el miedo; ya que lo único que puede ofrecer es la ilusión de la utopía de la felicidad privada. La felicidad se puede comprar en cómodas cuotas mensuales. El consumo es la medida de nuestro bien-estar. Por ello la subjetivación se realiza por lo que uno tiene y no por lo que es o lo que hace. Es decir, intenta producir un sujeto-mercancía pasivo a los dictados del “mercado” a partir de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías[7].

De esta manera el poder de la cultura hegemónica se inscribe en nuestra subjetividad de manera invertida. Es decir la fuerza del poder no potencia nuestro ser, por lo contrario nos lleva a la impotencia al transformarnos en mercancías. Como escribe Marx: “La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”.  

En este sentido la corposubjetividad da cuenta de la cultura y de la singularidad del sujeto. Por ello la cultura hegemónica produce los procesos de subjetivación y a su vez constituye la singularidad a partir de una subjetividad in-corporada donde -al decir de Spinoza- triunfan las pasiones tristes (el odio, la melancolía, la depresión) sobre las pasiones alegres (el amor, la solidaridad). El exceso de realidad produce monstruos que refieren a una subjetividad construida en la ruptura del lazo social. Es aquí donde el sujeto en la vivencia del desamparo queda encerrado en sí mismo ya que no puede encontrar un procesamiento simbólico acumulando mercancías. Mucho menos tomando al otro como mercancía. Por el contrario, la cultura al ofrecer el consumo como modelo de subjetivación lleva a formas de la singularidad donde la identificación se sostiene en las pasiones tristes. Pero no luchamos contra las pasiones tristes con la Razón sino con la fuerza de las pasiones alegres, transformando la Razón en una razón apasionada. Pero esta Razón es una razón con otros seres humanos. Por ello la pregunta de Spinoza ¿Por qué hacemos la suposición de que tenemos libre voluntad? La respuesta es pensar que somos entidades separadas. En este pensamiento no vemos nuestra unión real con los otros. Todos somos una sola Mente y un solo Cuerpo. Es en este cuerpo social donde podemos encontrar nuestra libertad. Por miedo a la libertad no nos reconocemos en los otros y nos refugiamos en nosotros mismos. En nuestro narcisismo. Este es el objetivo del poder que se inscribe en nuestra subjetividad a partir de las nuevas formas de subjetivación que predomina en la actualidad de la cultura mundializada.

Notas

[1]Vamos a desarrollar algunos conceptos elaboradas en otros artículos. Entre otros podemos citar: “El mal y el bien son inmanentes a nuestra condición humana”, revista Topía Nº 65, agosto 2012; “La exhibición obscena del secreto”, revista Topía Nº 63, noviembre 2011; “Tiempo libre para comprar (el consumidor consumido por la mercancía)”, revista Topía Nº 54, noviembre 2008; “La curiosa anatomía del alma”, revista Topía Nº 53, setiembre 2008; “Un paradigma de época: lo innombrable de la pulsión de muerte”, revista Topía Nº 51, junio 2008; “La subjetividad del idiota plantea la pregunta ¿Cómo inventamos lo que nos mantenía unidos?”, revista Topía Nº 40, abril 2004; “La crueldad del poder en Saverio el cruel”, revista Topía Nº 38, agosto 2003; “El yo es nosotros (comentarios sobre psicoanálisis, subjetividad e ideología)”, revista Topía Nº 37, julio 2003. Todos esto textos puede ser consultados en www.topia.com.ar     

[2] Cuando hablamos de la “madre” nos referimos a una función de cuidado que realiza un Primer otro que puede coincidir con la madre biológica o un sustituto que puede ser mujer o varón. Lo importante para que se constituya en ese Primer otro es que posibilite un espacio que permita soportar la angustia de muerte.

[3] El término Hildflosigkeit usado por Freud aparece traducido de diferentes maneras como desamparo, indefensión, invalidez, inerme o desvalimiento. Nosotros usamos el término “desvalimiento” para referirnos a la vivencia del estado originario que produce el trauma de nacimiento. Toda situación traumática remite a ese primer estado. Por ello hablamos de desvalimiento originario. En cambio usamos “desamparo” para aquella organización psíquica en la que se vivencia una falta de contención del mundo externo en relación al mundo interno.

Desamparo significa abandono, falta de ayuda o favor. Desamparar es dejar sin amparo o favor a la persona que lo pide o necesita. Podemos decir que es una problemática que aqueja a algunas personas en diferentes momentos de su vida, pero especialmente durante períodos en los cuales se encuentran potencialmente vulnerables y dependientes, ya sea física y o psíquicamente. Esto ocurre especialmente en la niñez. Dicha vulnerabilidad debiera decrecer con la edad y sobre todo disminuir al finalizar la adolescencia. Sin embargo sabemos que existen períodos en los cuales el sujeto ve puesto a prueba sus recursos psíquicos. Es decir, en el “desamparo” encontramos la vivencia de una falla primaria en la constitución del espacio-soporte del Primer otro. Esta diferencia conceptual la consideramos importante en la clínica ya que determina la gravedad de ciertas formaciones sintomáticas; el desvalimiento da cuenta de un sujeto cuyo trauma originario es imposible de elaborar ya que algo que no estuvo no puede ser reemplazado simbólicamente. Siguiendo “las series complementarias” de Freud toda situación traumática que vive a posteriori lo remitirá  a ese agujero. El trabajo terapéutico consiste en que pueda vivir-con ese agujero en lo simbólico. En cambio el “desamparo” remite a una negatividad que implica la necesidad de procesar simbólicamente una historia que deviene de los factores estructurantes del proceso primario.

[4] Hablamos de principio de displacer-placer ya que el bebé evita el displacer y, como consecuencia, busca el placer. En este sentido el aparato psíquico no es hedonista, lo que trata de evitar es el displacer.

[5] Si bien la determinación de la cultura en la subjetividad se encuentra explícitamente expuesta por Freud en este texto, vamos a encontrar a lo largo de su obra permanentes referencias en relación a esta problemática. Entre otras podemos citar: La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna (1908), Contribuciones para un debate sobre el suicidio (1910), De guerra y muerte. Temas de actualidad (1915), Psicoanálisis de las masas y análisis del yo (1921), El porvenir de una ilusión (1927), ¿Por qué la guerra? (1933), Moisés y la religión monoteísta (1939).

[6] Carpintero, Enrique, La alegría de lo necesario. Las pasiones y el poder en Spinoza y

Freud, editorial Topía, Buenos Aires, 2007 (segunda edición).

[7] La regresión al desamparo primario que producen los medios de comunicación lo establece Hazaki cuando plantea que “estamos ante una conformación mediática, la que constituye una placenta que nos alimenta permanentemente de mensajes e imágenes. Esta requiere que estemos cada vez más conectados a ella y, por eso mismo, somos cada vez más dependientes de la misma.” Hazaki, César, El cuerpo mediático, editorial Topía, Buenos Aires 2010.