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Vivir en un basural. Una marca indeleble en la autoestima.

La empatía es una de las cualidades más elevadas del ser humano y nace del principio de igualdad, que significa reconocer al otro como semejante. Es la capacidad para colocarse en el lugar de los demás, comprender con justeza sus emociones, necesidades y conflictos, y procurar las soluciones más adecuadas para ello. La educación de la empatía puede – y debe – formar parte de la construcción constante de una sociedad, preferiblemente desde los primeros años de vida, por ser la etapa más permeable al aprendizaje.

Está demostrado que la habilidad de imaginarnos en la situación de otros y el ejercicio de esa actitud a lo largo de la vida, establece relaciones interpersonales más sanas, y provee de una inmensa capacidad para accionar en favor de los demás.

La bondad, el amor, la compasión, el altruismo, la fraternidad, la ética, la unidad, la confianza, la caridad, el respeto activo, la tolerancia, la justicia, la equidad y la paz son el corolario inseparable de la capacidad para comprender la situación de los demás e incidir favorablemente en sus vidas.

Una prueba viviente (SUBT)

La práctica de la empatía es sencilla. Hagamos un ejercicio mental con datos de la realidad:

“Salimos del centro de la ciudad y a 15 minutos encontramos un barrio, un loteo con casas  iguales y precarias, los chicos juegan en la vereda, hay una pequeña despensa con rejas, las calles, las veredas y los patios – todo iguales, todos de tierra –  corre una brisa caliente  que  trae un olor nauseabundo. Seguimos caminando, los chicos nos siguen, se rascan la cara, hacen preguntas, juegan, se ríen y los padres los regañan, vienen todos con nosotros. El olor es cada vez más penetrante y el zumbido de las moscas, permanente. Llegamos a una plaza llamada Justicia. Allí donde estamos, “plaza” significa que es un terreno que no está asignado para construir viviendas, pero no es la plaza con árboles, asientos, flores, hamacas y toboganes que todos imaginamos; esta “plaza” es toda tierra, igual que el patio, igual que la calle, igual que la vereda. Al fondo, un ir y venir de camiones levanta una polvareda inmensa que se suspende en el aire como una nube opaca. Las madres mandan a los chicos a la casa “para que no respiren eso” y ellas se tapan las narices con la manga de la camisa.

Nos cuentan que a 400 metros hay un basural a cielo abierto y lo que significa ese basural para ellos: los niños sufren de infecciones en la piel y de enfermedades respiratorias, tienen miedo a las ratas y al dengue,  tienen miedo al viento porque levanta la tierra contaminada y la peste se les mete en la piel y en la cabeza, tienen miedo a la época de lluvias porque en ésa zona, el agua no lava, sino que se mezcla con los residuos y se convierte en un líquido pestilente que derrama tóxicos por el suelo y  por eso tienen  miedo de que esos  líquidos les  envenenen el agua.

Tienen miedo a quejarse, miedo a que les quiten la casa, y admiten con vergüenza que en realidad el basural es una “fuente de trabajo”, y que hay personas que “trabajan” allí como “recolectores” o “clasificadores”. Están dentro del basural en los horarios que llegan los camiones a descargar y se quedan recolectando / clasificando, sin ninguna protección y sin leyes.  Cuando concluye la jornada laboral, algunos vuelven a las calles y otros tantos regresan a sus casas, inmundos, contaminados. “No hay trabajo, pero con esto se come y se vive. En el basural encontramos comida, ropa, juguetes y cosas para vender o para cambiar”.

Aprendieron a cambiar de todo, excepto la dura realidad que no tiene trueque, ¿quién puede querer esa realidad?

Esperan que algún gobierno cambie lo que ellos no pueden cambiar, pero el tiempo pasa y la gente grande vota una esperanza, los niños juran la bandera, cantan el Himno Nacional y saben que existe una Constitución y   las leyes. Pero también saben que para ellos, no valen.

Los nombres de los barrios más cercanos al basural, se sienten como una ofensa por su desemejanza con la realidad. Allí donde la desigualdad desciende al último escalón de la dignidad, ahí donde la insalubridad se expande sin remedio,  en ese mismo lugar, un barrio se llama Justicia y el otro se llama Sanidad.

Impacto en la autoestima SUBT

Las mediciones de impacto socio – ambiental en basurales a cielo abierto podrán determinar de qué manera afecta la actividad humana al medio ambiente; podrán medir los efectos que producen en una población y en sus condiciones de vida, y con esos índices tomar medidas adecuadas para el cuidado del planeta y la salud de los habitantes.  Podrán tomar precauciones para evitar producir daños a la salud humana, al desarrollo económico y a la naturaleza;  y el mundo entero  celebrará – ¿por qué no celebrar? – que es posible crecer sin perder el equilibrio entre lo necesario, lo esencial, lo transitorio y lo permanente.

Sin embargo, hay impactos que no se miden; hay efectos de la actividad humana y del ambiente que hasta ahora no fueron cuantificados; no hay índices, por ejemplo, de cuánto afecta a la personalidad y a la mente humana el hecho de tener que vivir de la basura, de revolver la basura para comer y vestirse; así como tampoco hay estudios psicológicos que evalúen el impacto emocional y psíquico que tienen los basurales en los habitantes de las inmediaciones.

No se puede cuantificar el grado de humillación,  ni medir la  desigualdad que se imprime como un sello en la mente, en el cuerpo y en las emociones de las personas que viven de los basurales, o habitan muy cerca de ésos predios donde se arroja todo lo que el resto del mundo desprecia: la suciedad, las sobras, los restos,  los excrementos, la mugre, lo insalubre, los residuos, la sangre, la fetidez, los despojos, lo roto, lo inútil, lo que no tiene arreglo, lo vencido, lo podrido y  los desechos.

Vivir en un basural va contra toda lógica, contra la cultura y  contra la naturaleza humana.  Desde que nace, el individuo  es separado  de los desechos que produce su organismo tras el consumo de alimentos. Mantenerlo alejado, fuera del alcance de todo lo relacionado con basura, residuos y desechos, son comportamientos que garantizan la supervivencia, la salud de las personas y forman parte de la cultura ancestral propia de la especie humana.

Lo que nadie quiere ver ni oler, pronto es sacado de la vista y de la presencia de las personas; el ser humano no soporta convivir ni siquiera con su propia basura. El mecanismo consiste en poner afuera de sí y de su entorno, todo lo que considere nocivo, perjudicial o desagradable.

El ser humano es un creador serial de basura, pero no está dispuesto a convivir ella.

Sin embargo ahora, a 15 minutos de la ciudad, hay familias a las que la realidad del basural les pega en la cara, en las narices, en los ojos, en la piel, en los pulmones, en la cabeza, en los intestinos y en los dedos de los pies. Les pega en la mente, en las emociones, les pega en la dignidad, en su psiquismo, en la personalidad, y deja una marca indeleble en la autoestima: no  sienten – y es probable que nunca  sientan – que son  iguales ni que tienen los mismos derechos que los demás.

Dentro de esos lugares llamados basurales, y alrededor de ellos, la desigualdad y sus inseparables compañeras, la pobreza, la exclusión y la miseria, esperan una justicia más leal a los principios éticos, una justicia inconforme consigo misma, con expectativas de impartir una justicia mejor. Esperan que el gobierno y la empresa encargada de la recolección, cumplan lo pactado: hacer un relleno sanitario en el actual basural a cielo abierto. Esperan de nosotros como sociedad -que somos los mayores productores de basura del planeta – nos hagamos cargo de nuestros propios desechos y clasifiquemos en nuestras casas la montaña de residuos que generamos.

Esperan no se les niegue el derecho a vivir y respirar en un ambiente limpio y sano.

Esperan que una proeza de nuestra empatía los libere del impacto paralizante del lugar de nacimiento que les asignó un espacio  en el orden artificial que le impusimos a la naturaleza: el lugar de los desechos. Y para ello también hace falta trabajo, pero trabajo digno y humano, trabajo en serio.

Es necesario volver a pensar el viejo sistema político  que ya no sobrevive a nuestra pasividad ni laxitud, sino que requiere de un esfuerzo activo, consistente en colocar a las personas en el lugar de la equidad, donde  la dignidad humana  nos trata a todos por igual.

La desigualdad no espera.

Si Estas personas tienen derechos, los tienen ahora, no en el futuro.